Si Dios es bueno, ¿por qué permite que pasen cosas malas?

Si Dios es bueno, ¿por qué permite que pasen cosas malas?

Esta es una pregunta que muchos se hacen, una interrogante viva en la superficie de nuestro entendimiento, que muchas veces parece escaparse de él. El ser humano encuentra extraño o fuera del marco de lo comprensible aquello que no puede explicarse por sí mismo o comprender del todo. Existe en nosotros una búsqueda constante de entendimiento y conocimiento, pero la forma en la que Dios opera trasciende nuestra naturaleza humana. Comúnmente solemos decir que para entender a alguien debemos ponernos en sus zapatos, pero ¿seríamos nosotros capaces de ponernos en los zapatos de Dios? Obviamente no. De hecho, incluso pensar como otra persona ya resulta difícil. La obsesión del ser humano con el conocimiento puede rastrearse hasta el Jardín del Edén; esa sed de saber, en muchos casos, no es más que el deseo de parecerse a Dios, pero no en su santidad, sino en su poder. Esto es esencial para entender por qué, en ciertos momentos de la vida, atravesamos etapas donde la angustia ante determinadas situaciones se vuelve más pesada. Si vamos al libro de Éxodo, encontramos algunas respuestas a la interrogante que hoy nos ocupa. La situación del pueblo de Israel en aquel tiempo, y el propósito por el cual Dios los saca de Egipto, especialmente la forma en la que lo hace, nos muestra una gran enseñanza sobre cómo Dios puede obrar en circunstancias específicas. El pueblo vivió en Egipto durante 430 años, de los cuales algunos estudiosos estiman que alrededor de 200 fueron en esclavitud. Durante siglos, una nación llamó hogar a un lugar donde las tradiciones locales diferían profundamente de las suyas. En ese tiempo no es extraño pensar que los israelitas absorbieran costumbres, formas de pensamiento y prácticas culturales egipcias. Por supuesto, bajo el yugo de la esclavitud y el maltrato, el pueblo anhelaba la liberación. Y es aquí donde Dios interviene para llevarlos hacia la tierra prometida. En primer lugar, realiza una serie de eventos milagrosos para forzar la liberación del pueblo, pero también para que Israel reconociera el poder del Dios viviente. Luego, abre el mar en dos, y más adelante los conduce al desierto. Cuarenta años vagando por el desierto. Después de tantas maravillas —el maná, el agua que brota de la roca— transcurre todo ese tiempo antes de cruzar el río Jordán. La generación que salió de Egipto no fue la misma que entró en la tierra prometida. Y esto también nos invita a mirarnos a nosotros mismos. Muchas veces deseamos llegar a lugares donde se nos reconozca, pero no nos preguntamos si estamos preparados para asumir esa responsabilidad y el sacrificio que implica. El pueblo de Israel no estaba listo para tomar posesión de lo que le había sido dado, y en esa adversidad del desierto, Dios los moldeó y los preparó para lo que vendría. Podemos comparar esto con la vida académica: pasamos cuatro o cinco años en la universidad con recursos limitados, estudiando hasta altas horas de la noche, y consideramos normal el sacrificio necesario para alcanzar un objetivo. Sin esas horas de esfuerzo, no sería posible aprobar los exámenes ni obtener el tan ansiado título. Y lo mismo ocurre en otras áreas de la vida. Dios quiere que vivas; Él no desea tu sufrimiento. Dios es vida. Sin embargo, ciertas etapas son necesarias para aprender o cambiar aquello que debe ser transformado. Sin esas experiencias, no es posible valorar lo que no es material. Es precisamente en esos momentos cuando se revelan aspectos de nuestra vida que debemos conservar y otros que debemos dejar atrás. La angustia en los momentos difíciles puede ser pesada, pero puede volverse más ligera si decides permitir que Dios te acompañe. Quizás en un momento como este te preguntes: “¿Por qué a mí?” o “¿Por qué otros sí logran el carro nuevo o la casa que yo sueño para mí?”. En ese momento es importante recordar a nuestro Señor Jesucristo. El enemigo le pidió que lo adorara a cambio de poder y gloria sobre los reinos del mundo, pero Él se mantuvo firme. Fue humillado y crucificado, pero no sucumbió a la tentación, que consiste precisamente en obtener poder sin pasar por el sufrimiento y la obediencia. Jesucristo obedeció la voluntad del Padre hasta el final y ascendió a los cielos. El carácter no se forja en una piscina, ni en una playa, ni en un restaurante de vacaciones. Se forja en la obediencia, en la firmeza ante lo que realmente da valor a la vida. Para recibir lo que se pide, es necesario estar preparado. No hay barco que llegue a buen puerto si su capitán no sabe navegar en aguas turbulentas. Las dificultades no siempre son una señal de abandono, sino muchas veces un proceso de formación. Desde la perspectiva bíblica, los tiempos de desierto no son castigos sin propósito, sino etapas de preparación, madurez y transformación. Aunque no siempre comprendamos el “por qué” del sufrimiento, podemos aprender a confiar en el “para qué”. Y en ese camino, la fe no elimina el dolor, pero sí le da sentido, dirección y esperanza.


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